Carlo Lucarelli – Almost Blue (fragmento)

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El sonido del disco al caer sobre el plato es como un suspiro rápido, mezclado con un ligero rumor de polvo. El brazo al separarse de la horquilla es un sollozo reprimido, un chasquido de lengua, pero no húmedo, seco. Una lengua de plástico. La aguja al deslizarse sobre el surco, silba un poco y crepita, una o dos veces. Después entra el piano, como las gotas de un grifo mal cerrado, y el contrabajo, que parece el zumbido de un moscón chocando contra el cristal de una ventana cerrada, y luego la voz velada de Chet Baker, que empieza a cantar <<Almost Blue>>.

Si se está atento, muy atento, se puede oir cuando toma aire y separa los labios en la primera a de almost, tan cerrada y modulada que parece una larga o. Al-most-blue… con dos pausas en medio, con dos respiraciones en suspenso a través de las cuales se comprende, se oye que tiene los ojos cerrados.

Por eso me gusta <<Almost Blue>>. Porque es una canción que se canta con los ojos cerrados.

Yo siempre estoy con los ojos cerrados, aunque no canto. Soy ciego de naciemiento. Nunca he visto una luz, un color o un movimiento.

Escucho.

(…)

Fragmento de la novela de Carlo Lucarelli – Almost Blue (1997).

Chet Baker – Almost Blue

El Burro y la Flauta, Augusto Monterroso

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Tirada en el campo estaba desde hacía tiempo una Flauta que ya nadie tocaba, hasta que un día un Burro que paseaba por ahí resopló fuerte sobre ella haciéndola producir el sonido más dulce de su vida, es decir, de la vida del Burro y de la Flauta.

Incapaces de comprender lo que había pasado, pues la racionalidad no era su fuerte y ambos creían en la racionalidad, se separaron presurosos, avergonzados de lo mejor que el uno y el otro habían hecho durante su triste existencia.

Que costumbre tan salvaje, Jaime Sabines

 

 

¡Que costumbre tan salvaje esta de enterrar a los muertos!, ¡de matarlos, de aniquilarlos, de borrarlos de la tierra! Es tratarlos alevosamente, es negarles la posibilidad de revivir.

Yo siempre estoy esperando a que los muertos se levanten, que rompan el ataúd y digan alegremente: ¿por qué lloras?

Por eso me sobrecoge el entierro. Aseguran las tapas de la cajan, la introducen, le ponen lajas encima, y luego tierra, tras, tras, tras, paletada tras paletada, terrones, polvo, piedras, apisonando, amacizando, ahí te quedas, de aquí ya no sales.

Me dan risa, luego, las coronas, las flores, el llanto, los besos derramados. Es una burla: ¿para qué lo enterraron?, ¿por qué no lo dejaron fuera hasta secarse, hasta que nos hablaran sus huesos de su muerte? ¿O por qué no quemarlo, o darlo a los animales, o tirarlos a un río?

Había de tener una casa de reposo para los muertos, ventilada, limpia, con música y con agua corriente. Lo menos dos o tres, cada día, se levantarían a vivir.

Los Subterraneos de Jack Kerouac

(…)  Ninguna mujer me había conmovido jamás con un relato de sufrimiento espiritual, mostrando tan hermosamente su alma resplandeciente como la de un ángel que vagara por el infierno y el infierno eran las mismas calles por las cuales yo había vagado siempre observando, esperando que apareciera exactamente alguien como ella, y ni siquiera soñando la oscuridad y el misterio y la eventualidad de nuestro encuentro en la eternidad, la inmensidad de su rostro, que ahora como la repentina y vasta cabeza del Tigre en un cartel detrás de la cerca de madera en los humosos corralones de residuos de las mañanas de sábados sin escuela, directa, hermosa, insana, en la lluvia. (…)

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(…) Porque ahora deseo a Mardou; el otro día me dijo que hace seis meses la enfermedad echó profundas raices en su alma, y ahora para siempre… ¿y acaso esto no la hace más hermosa? Pero la deseo, porque la veo de pie, con sus pantalones de terciopelo negro, las manos en los bolsillos, delgada, caida de hombros, con el cigarro que le cuelga de los labios, y el humo también que se enrosca, el pelo corto, negro, de su nuca descubierta, peinado lacio y suave, el color que se da a los labios, su piel morena clara, sus ojos oscuros, el juego de las sombras sobre sus pómulos salientes, la nariz, el breve y blando pasaje de la barbilla al cuello, la pequeña nuez de adan, tan hipster, tan cool, tan hermosa, tan moderna, tan moderna, tan nueva, tan inalcanzable para este triste individuo de pantalones abolsados en su cabaña de enmedio del bosque. (…)

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(…) un sentimiento de misterio y encanto; pero, como le dije tantas veces, no bastante detallado, los detalles son lo que le da vida, insisto, debes decir todo lo que te pasa por la imaginación, no te contengas, no analices ni nada por el estilo a medida que lo dices, dilo todo. (…)

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(…) ya que, como ocurre en todo amorío, la primera semana es tan intensa que uno podría tranquilamente tirar por la ventana todos sus universos previos, pero cuando la energía (del misterio, del orgullo) empieza a disiparse, regresan los mundos antiguos de la cordura, del bienestar, del sentido común, etcétera, (…)

 

 

fragmentos de Los Subterraneos de Jack Kerouac, 1958