Carlo Lucarelli – Almost Blue (fragmento)

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El sonido del disco al caer sobre el plato es como un suspiro rápido, mezclado con un ligero rumor de polvo. El brazo al separarse de la horquilla es un sollozo reprimido, un chasquido de lengua, pero no húmedo, seco. Una lengua de plástico. La aguja al deslizarse sobre el surco, silba un poco y crepita, una o dos veces. Después entra el piano, como las gotas de un grifo mal cerrado, y el contrabajo, que parece el zumbido de un moscón chocando contra el cristal de una ventana cerrada, y luego la voz velada de Chet Baker, que empieza a cantar <<Almost Blue>>.

Si se está atento, muy atento, se puede oir cuando toma aire y separa los labios en la primera a de almost, tan cerrada y modulada que parece una larga o. Al-most-blue… con dos pausas en medio, con dos respiraciones en suspenso a través de las cuales se comprende, se oye que tiene los ojos cerrados.

Por eso me gusta <<Almost Blue>>. Porque es una canción que se canta con los ojos cerrados.

Yo siempre estoy con los ojos cerrados, aunque no canto. Soy ciego de naciemiento. Nunca he visto una luz, un color o un movimiento.

Escucho.

(…)

Fragmento de la novela de Carlo Lucarelli – Almost Blue (1997).

Chet Baker – Almost Blue

Cronica de una limpia

ayer amanecí con y el ojo rojo y un chingo de comezón, conforme fue pasando el día la gente fue opinando acerca de lo que me pasaba y en una de esas mi tía me dijo: eso se quita con un huevo. ven vamos con las brujas. Me llevo por los pasillos del mercado sonora, primero para buscar un huevo y luego para corretear a la bruja que supuesta mente había salido. Llegamos a su local, subimos unas escaleras y entramos a un cuarto con tres señoras, les explico el problema, se pusieron sus gorros de pronta forma (como cuando los bomberos se ponen sus trajes para una emergencia) *moría de la risa*, la verdad también me asombre de su profesionalismo, y me dijeron: te va a arder un chingo pero usted aguante como los machos y así empezaron con su magia. Primero me pegaron en la cabeza con un manojo de hierbas (albahaca dijeron), la verdad me dieron bastante fuerte, después me froto el manojo por todo el cuerpo varias veces. Pasamos al huevo con el cual primero me persigno y luego me lo froto por el cuerpo, siendo el ojo el lugar por el que mas tiempo me lo froto (sabemos que fui por el ojo, entonces tiene lógica que haya sido el mas tratado), regresamos a mas hierbas y mas putazos pero esta vez en los brazos y piernas para finalizar con la hierba por toda mi cara. Después de todo eso me dice la señora: viene lo bueno y ahora si te va a doler. *yo con cara de mierda ya valí* Para finalizar mi “tratamiento” me senté y me dijo abre bien los ojos y tiro humo de puro sobre mi rostro, ardía como su puta madre, pero me decía: aguántese y no cierre los ojos (cosa imposible de hacer), hizo esto varias veces hasta que la señora mas grande hablo diciendo: ya le salio la lagrima con eso basta. Pase un tiempo viendo borroso, pero en cuanto pude baje las escaleras y regrese a mi trabajo. La verdad no se que hizo, pero el ojo siguió rojo pero la comezón desapareció y esta mañana bajo lo irritado del ojo. Esto fue una experiencia muy divertida y según esto debo volver unas dos o tres veces mas para acabar con el “tratamiento”. 

No se si volveré pero si siento una mejora en el ojo.

El Burro y la Flauta, Augusto Monterroso

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Tirada en el campo estaba desde hacía tiempo una Flauta que ya nadie tocaba, hasta que un día un Burro que paseaba por ahí resopló fuerte sobre ella haciéndola producir el sonido más dulce de su vida, es decir, de la vida del Burro y de la Flauta.

Incapaces de comprender lo que había pasado, pues la racionalidad no era su fuerte y ambos creían en la racionalidad, se separaron presurosos, avergonzados de lo mejor que el uno y el otro habían hecho durante su triste existencia.

Que costumbre tan salvaje, Jaime Sabines

 

 

¡Que costumbre tan salvaje esta de enterrar a los muertos!, ¡de matarlos, de aniquilarlos, de borrarlos de la tierra! Es tratarlos alevosamente, es negarles la posibilidad de revivir.

Yo siempre estoy esperando a que los muertos se levanten, que rompan el ataúd y digan alegremente: ¿por qué lloras?

Por eso me sobrecoge el entierro. Aseguran las tapas de la cajan, la introducen, le ponen lajas encima, y luego tierra, tras, tras, tras, paletada tras paletada, terrones, polvo, piedras, apisonando, amacizando, ahí te quedas, de aquí ya no sales.

Me dan risa, luego, las coronas, las flores, el llanto, los besos derramados. Es una burla: ¿para qué lo enterraron?, ¿por qué no lo dejaron fuera hasta secarse, hasta que nos hablaran sus huesos de su muerte? ¿O por qué no quemarlo, o darlo a los animales, o tirarlos a un río?

Había de tener una casa de reposo para los muertos, ventilada, limpia, con música y con agua corriente. Lo menos dos o tres, cada día, se levantarían a vivir.